Decidió llevarla a un mirador natural en lo alto de la colina desde donde podía verse todo el lago, en toda su plenitud, desde las aguas que en el puerto mecían a las barcazas hasta el bosque de alcornoques en la orilla opuesta. En sus cristalinas y mansas aguas se reflejaba un cielo carente de nubes y la muchacha subía por el sendero hecho a base de paseos y caminatas, del subir y bajar de aquellos que buscaban disfrutar de una de las vistas mas hermosas que jamas pudieran imaginar. Subía alegre, jovial, ilusionada por ver lo que le esperaba en lo alto; alegre por estar con él, alegre por compartir un día mas a su lado.
Al llegar arriba el joven ve aquel lugar conocido y familiar de hace años. El pequeño claro rodeado de arbustos con un piñero en un costado, único remanso de sombra en tan soleada mañana y tan singular paraje, con la ermita derruida por el paso del tiempo en el centro. Y, sin asombro y sin dar importancia a lo que veía, se percata de que yacen en el lugar varios cuerpos de mujeres. Una vestida de traje de fiesta debajo del árbol, otra con ropa de deporte recostada en una piedra de la ermita, incluso una vestida de novia con un traje tan blanco que parece recién estrenado 5 minutos antes; todas parecen compartir un único común: una herida circular de un par de centímetros en el pecho a la altura del corazón y de la cual cae un pequeño hilo de sangre. La muchacha al ver a su compañero abstraído no duda en preguntarle si le pasa algo, que parece que haya visto a un fantasma, pero el joven la tranquiliza diciéndole que todo está bien, que tan solo creyó ver un gato. A continuación se miran a los ojos y después de un breve silencio, ella le dice...
- Te quiero
Al llegar arriba, la chica no puede creer lo que ve. Es un lugar precioso, desde donde se puede ver la ciudad alumbrada por sus farolillos, farolas y luces que escapan del interior de las casas. A su vera se encuentra el lago, espejo de agua que refleja un cielo alumbrado por una luna tan llena, tan grande y tan clara que casi se puede tocar con la punta de los dedos. Hace una temperatura sorprendentemente cálida para un lugar tan alto y a pesar de ser tan entrada la noche. Ella siente que no quiere bajar nunca de ese claro, quiere quedarse a vivir allí, disfrutar de ese momento siempre que se le antoje, hacerlo suyo. Feliz y divertida se gira y se encuentra a su compañero mirándola con una pequeña sonrisa en la cara, fruto de verla tan exultante. Y justo antes de que ella pueda darle las gracias por el viaje, él le susurra...
- Te quiero.
No hay comentarios:
Publicar un comentario